Un servidor siempre ha pensado que cuando uno ama el cine de
verdad debería alejarse de los típicos prejuicios del “sabelotodismo” que suele darse en la universidad, donde el típico
doc no deja de hablar de los grandes clásicos y tachar de cosas poco buenas al
cine actual. O en ese otro sector que va de moderno y solo consume obras
supuestamente independientes, o películas de Chaplin que echan en el ciclo tal,
para hacerlo ver. En definitiva, no nos
damos cuenta de que nos estamos poniendo límites, de que el cine es tan grande que si la intención es psicoanalizar, se puede
psicoanalizar hasta “Los bingueros”, disfrutar de Stallone partiendo cuellos o
de una obra maestra de Hitchcock o Bergman. Todo tiene su momento. Así que, déjense
de postureo señores y pónganse “Cartas al padre Jacob”. Como hubiera dicho mi abuelo:
“Lo demés son bobaes”.
Pues en esas idas y venidas, a veces uno necesita alejarse
de los blockbusters (esos que todos
consumimos y que en ocasiones son penosos, si, pero en otras ocasiones nos
divierten, y no poco) y un buen rincón para ello se encuentra en los países
nórdicos.
En este caso, en Finlandia, encontramos este pequeño gran
filme dirigido por Klaus Härö y que merece la pena ver. Lo de pequeño es por su
puesta en escena, con poquísimos personajes, su bajo presupuesto y su concisa
historia. Lo de grande es por su bella
fotografía, su modo de transmitir la historia y, aunque para muchos puede
tratarse de una narración lenta, por lo bien contada que esta está y lo rápido
que se consume. Si son solo 72 minutejos de nada...
En esta historia con pocos actores nos encontramos
principalmente con Leila, una mujer que fue condenada a cadena perpetua pero
que es indultada y a la que se le ofrece trabajar como ayudante del padre
Jacob, el otro personaje principal de la historia. Un cura… si! Pero
tranquilos, no hace falta ser ningún devoto para disfrutar de la trama, que
al final habla de sentimientos, de valores, de encontrarnos a nosotros mismos
cuando quizá estamos más perdidos que nunca.
