Como
uno no suele viajar a Nueva York todos los días, voy a empezar restregando
humildemente este insólito hecho, sin muchos datos. De entre todo el sufrimiento sobre/post/shur/humano de viajar a EE.UU., destacaría un hecho incomodísimo que da el título a este primer post: la
logística de los viajes transoceánicos.
Nunca
había estado tanto tiempo en un avión y claro, la novatada se paga: me aburrí
profundamente a la ida. La causa del aburrimiento no fue por ausencia de
estímulos, sino por todo lo contrario: la abrumadora oferta de ocio (desde
cienes de pelis y capítulos de series a juegos y música) me impidió centrarme
en nada concreto. Escarmentado por el tedioso viaje de ida, en el que
básicamente me limité a comerme todos los aperitivos que nos daban l@s
azafat@s, mi intención era ver una o dos películas durante el vuelo de vuelta,
aunque fuera en unas condiciones de las que nuestro amigo y maestro Iván Bort consideraría una blasfemia. Por
ponernos en situación, este viene a ser el aspecto de la cabina en la zona
turista pelá.